Dom. Feb 25th, 2024

En una entrevista con el antropólogo y docente Mariano Skliar, residente de San Martín de los Andes, se destaparon verdades incómodas sobre Argentina.

Desde la persistencia del racismo oculto hasta la amenaza de la ultraderecha en ascenso, Skliar arrojó luz sobre los desafíos que enfrenta la nación.

La preocupación sobre la creciente influencia de la ultraderecha en Argentina ocupó un lugar central en la charla con el periodista Marcelo del Valle Romero, en Semana Sur (programa que se emite en El Caletense Radio).

Skliar señaló que existe un riesgo real de que un gobierno de ultraderecha pueda socavar los avances en derechos humanos y diversidad.

«Estamos ante una situación de mucho riesgo, creo que hay un riesgo real y evidente porque un gobierno de estas nuevas formas de la derecha […] viene a perforar todos los pisos de Derechos Humanos, los pisos de diversidades culturales, sexo genéricas. No por nada se discute la ESI, la ley de interrupción voluntaria del embarazo, el derecho a la protesta, etcétera, etcétera.»

Ante esta encrucijada, Skliar insta a la sociedad argentina a tejer ‘pañuelos’ simbólicos que representen la unidad en la lucha por la justicia y la igualdad. «Debemos preguntarnos qué ‘pañuelos’ necesitamos tejer y unir para detener esto que se avecina,» enfatiza Skliar. «No es una ruptura total con el presente, y eso es lo que quiero plantear. Lo que estas personas están expresando ya existía en parte del sentido común de la población.»

Skliar: «Efectivamente, todos esos cruces que vos recién nombraste y otros más habitan un poco mis trabajos. La cuestión de la perspectiva del cruce entre la perspectiva de género, la cuestión intercultural, los Derechos Humanos. También hace unos años, el asunto de la adultocentrismo, que es otra matriz de poder, a veces no tan visibilizada».

Estamos por ahí más acostumbrados o estamos más familiarizados con lo que podríamos llamar matrices de poder o ideologías de poder como el racismo que establece su diferenciación jerárquica en relación a la condición imaginaria de una raza superior y una raza inferior. También el movimiento feminista y las diversidades han visibilizado lo que se llama la matriz patriarcal. Ese sistema de poder en donde las identidades feminizadas sufren múltiples formas de violencia, etcétera.

Pero se ha trabajado menos en la matriz adultocéntrica, que es un mundo donde somos los adultos los que ejercemos el poder sobre las generaciones más jóvenes, sobre los niños, sobre los adolescentes, rompiendo muchos de sus marcos de autonomía, de libertad, y su posición como sujetos del tiempo presente. Cuando estamos trabajando con niños o criando en el caso de la familia, no estamos operando sobre estos cuerpecitos que son un proyecto de futuro, no son adultos del futuro, sino que son infancias del presente y tienen toda una serie de derechos que si les aplicamos, digamos, un poder unidireccional, donde en lugar de crecer con ellos y democratizar el vínculo, cuidándolos y ejerciendo nuestra lugar como adulto, o sea, laboralmente o familiarmente, si nosotros les imponemos ese mundo adulto sobre sus infancias ejercemos una matriz adultocéntrica.

Mariano Skliar: «Sí, desde nuestra perspectiva, desde mi perspectiva, existe un racismo en Argentina. Ya que estamos en un período después de haber sido la selección campeona del mundo y como una argentinidad renovada, interesante para pensar. Existe un racismo en Argentina, es la mayor dificultad para afrontar y desmontar ese racismo, es que es un racismo negado, invisibilizada. Argentina no es percibida a nivel global como un país racista, y no se autopercibe mayormente la sociedad argentina como una sociedad racista. Parece que el problema del racismo estuviera establecido en sociedades donde tienen un componente afro muy grande, es decir, parte de su población demográficamente visiblemente negra, como Estados Unidos, Brasil, etcétera. O con indígenas, como el caso de Bolivia, de Ecuador, del Perú, etcétera. Pero en Argentina, tenemos como país dificultades o una temática sumergida en las agendas públicas, que es la temática del racismo, sino que aparte, ese racismo hunde sus raíces en todo lo que fue el período colonial y después en el periodo fundacional del Estado argentino.

Tomando simplemente dos personajes que son paradigmáticos de la fundación de lo que se llama lo que se estudia en la historia tradicional como la consolidación del Estado argentino. Que no puede pensarse sin la figura de Domingo Faustino Sarmiento y con la figura de Julio Argentino Roca. Con todo el ejercicio político de esos dos, entre comillas, grandes hombres de la historia y las ideas que llevaron adelante y sus prácticas, uno puede encontrar ahí asuntos de racismo muy fuerte.

Hay, por ejemplo, una carta que Sarmiento le escribe a Alberdi donde le plantea que no escatime en sangre de gauchos ni en sangre de indios, que hay que regar la patria con esa sangre porque es una chusma que le da asco y de la cual no se puede esperar nada.

Y luego las dos campañas del desierto y del Gran Chaco, a fines del siglo 19, que buscaron incorporar, digamos, todo este territorio a la soberanía nacional, se hicieron bajo formas y prácticas marcadamente racistas, donde se negó la condición de humanidad de los pueblos indígenas y se llevaron adelante prácticas aberrantes que cien años después volvió a llevar adelante la dictadura cívico-militar, etcétera, como los campos de concentración, el robo de bebés, la tortura, la violación de mujeres y hombres, los fusilamientos sumarios sin ningún tipo de derecho a defenderse, etcétera.

Todas esas prácticas que son catalogadas hoy como delitos de lesa humanidad y que se llevaron adelante para, en la última dictadura, supuestamente para eliminar el riesgo marxista subversivo. Estas terminologías que vuelven, ya se habían llevado adelante cien años antes por parte del Estado argentino en expansión y se habían llevado adelante con una ideología racista, es decir, con la idea de que los indios y los gauchos y las personas de piel oscura eran subhumanos, no eran sujetos que había que sacrificar en nombre del progreso, de la expansión.

Y el problema, para no extender mucho esta primera introducción, es que un país que ha tenido continuidad de esas formas ideológicas coloniales.

Piensen ustedes simplemente en cuáles son los insultos más comunes, en el sentido común insultante, que usamos en nuestro país. No, si ustedes se fijan, esos insultos siempre van dirigidos en dos sentidos: en el sentido de la cuestión racial, no, negros, por ejemplo, y en el sentido de la cuestión de género, si permiten, digo, no siempre acudiendo a la hermana, a la madre, por ejemplo. Estamos en un horario que no es mucho para insultar, pero tiene un sentido pedagógico: ‘la concha de tu madre’. ‘La concha de tu madre’ es un típico insulto del común de una persona que choca con el auto, no sé, le molesta que en el supermercado se le pusieron adelante. No existe un insulto que es ‘el pene de tu padre’ y cuál es la razón por la que lo femenino irrumpe en el lenguaje de los insultos, y bueno, la razón es que existe una matriz fuertemente patriarcal y machista, y que existe una matriz fuertemente racializada en la idea de que hay grupos humanos que ocupan peldaños más bajos, jerarquías más bajas en la sociedad por su condición de raza o por su condición de género.

Y si uno mira esa estructura, esa forma de estructurar la pirámide social, si se quiere, es nada menos que una herencia de la colonia. ¿Quiénes ocuparon los peldaños bajos en la etapa colonial, en la conquista de América, en la colonización por parte de España primero, después con el criollismo burgués aquí? Bueno, los indios, los negros, las mujeres, los gauchos, que eran podríamos llamar sujetos del mestizaje.

Lo que quiero marcar, es que lo interesante y complejo de ese racismo es su condición de que está negado por sí mismo. Por supuesto, nadie dice “sí, yo soy racista” o muy poca gente asume el racismo como una condición positiva, es como una forma de violencia. Nadie dice yo soy violento. Pero eso no quiere decir que nadie ejerza violencia, excepto grupos muy minúsculos que hacen del racismo su bandera.

El racismo permea no solo ideológicamente, sino permea corporalmente, afectivamente, inconscientemente. Y esa, quizás, sea su mayor dificultad para abordarlo y trabajarlo. Que se hace sensación, no te hace sensación, se hace cuerpo, se hace una manera de ver el mundo y de ver a los otros que no es del todo consciente ni racional, pero opera sobre las prácticas de todos los días.»

Mariano Skliar: Sí, las burocracias judiciales en el sistema judicial, como sabemos, es uno de los sistemas que tiene el mayor arrastre de la idea. Bueno, como le gusta decir al candidato libertario será ubicada en la casta judicial, diría yo, porque ahí en el sistema judicial sí cabe la idea de casta, es un sector con una raigambre muy fuerte de la cuestión racial y la cuestión de género. De hecho, cualquier proceso judicial que afronte una persona pobre, o del colectivo de la diversidad sexo-genérica, indígena, inclusive. Me parece a mí que lo de L-Gante tiene que ver casi con una cuestión aleccionadora. Porque L-Gante, en su cuenta bancaria, tiene mucho dinero, seguramente más que muchos de los que somos blancos letrados, pero hay algo aleccionador en la vida de decir: este un negro villero sin dientes. Hay que marcar que la justicia puede, a través del mostrar qué es lo que le espera en algún punto a todos los negros villeros sin dientes, incluso a los que tienen plata como L-Gante. Hay algo ahí, sin lugar a dudas, que tiene que leerse en la clave del racismo.

Mariano Skliar: «Nosotros vivimos en un territorio, ustedes también, que ahora lleva el nombre de Patagonia, es parte del Walmapu, del Walmapu, como territorio ancestral y presente del pueblo mapuche, mapuche tehuelche y otros pueblos vigentes. Por supuesto, que tenemos que pensar la composición de del país y de la Argentina con los pies en este territorio. Este era el lugar en el cual llegaba al pueblo mapuche las columnas del ejército de Roca llegaban desde lo que era el país civilizado, entre comillas, el proyecto de Argentina Blanca.

Entonces, pensar cómo la argentinidad en este territorio, no puede ser pensada desde la casita de Tucumán, o desde Buenos Aires.

Esto no quiere decir que hay que negar, por supuesto, la cuestión Argentina o negar la descendencia europea que muchos de nosotros tenemos o podemos tener. Sino que hay que pensar cómo se van componiendo los territorios históricamente y de manera situada.

Este territorio, lo mismo que el Gran Chaco, o sea toda la parte de la Pampa Patagonia y la zona de Formosa, Chaco, etcétera, cuando se declaró la independencia de Argentina, en 1810, en ese período, estaban fuera del mapa de la soberanía nacional. Si ustedes ven los mapas de esa época, las Provincias Unidas del Río de la Plata terminaban a la altura de Nueve de Julio, o sea muy, muy al norte de acá. Y donde están ustedes (provincia de Santa Cruz), mucho más alejadas.

Este territorio fue incorporado, ya no por la conquista española, sino directamente por una conquista Argentina que tenía un imaginario, un mito de fundar una Argentina Blanca, una Argentina equivalente a Europa. Una Argentina Europea. Y entonces, para nada por casualidad tenemos tantas metáforas ligadas a que nuestras ciudades o pueblos se parecen a Suiza, se parecen a los Alpes suizos y tanta reivindicación de la figura de lo que se llaman los pueblos de la Patagonia, muchas veces los pioneros o los primeros pobladores, como si la historia de este territorio hubiera empezado a fines del siglo 19, principios del siglo XX, con las colonias galesas o suizas.

Allí hay toda una cuestión, la negación de la herida genocida, no de esas conquistas y el problema, como dice el colega, gran antropóloga Gordillo, es que todo el tiempo es ese deseo en algún punto atravesado por la cuestión racial, de vivir en una Argentina que sea blanca, que sea como Europa, permanente, está amenazado y asediado por cuerpos de pelo oscuro, por multitudes que a veces marchan, por grupos que bajan al pueblo a comprar, a buscar cosas, que son justamente esas mayorías indígenas, populares, afrodescendientes, que vienen a recordarle a ese mito de la Argentina blanca que siempre va a ser un mito, en algún punto incompleto y en algún punto ridículo y, en ese sentido, es necesario representarse por esa narrativa que plantea a una Argentina única, mono-nacional, con una sola bandera y una sola identidad, que, a su vez, es muy reciente. La identidad de la Argentina, la nacionalidad, es muy reciente en la historia.

Sí, podemos tener en un país que viene de esta historia de conquistas, de ocupaciones de territorios, de imposición de religiones, de imposición de la lengua, de imposición de ideologías, de imposición de sistemas políticos, de sistemas económicos, de integración forzada de muchas personas al mercado de trabajo en sus peldaños más bajos. Si podemos seguir sosteniendo ese mito de una Argentina blanca y mono-nacional o debemos ir y empezar a pensar, no solo a pensar, sino a llevar adelante la Argentina donde la plena vigencia de los derechos de todos y todas necesita una refundación política que tiene más que ver con la figura de lo plurinacional, dicen algunos, otros plantean más la idea de una Argentina mestiza.

El asunto es que el mito de la Argentina blanca permanentemente está cuestionado y es siempre incompleto y acá, en la Patagonia, sufre muy fuerte porque se estigmatiza sobre el pueblo mapuche, sobre todo en los sectores que hacen recuperaciones territoriales, un pueblo mapuche que se plantea que no es ni una pieza de museo o un grupo pintoresco y exótico al cual comprar artesanía o alguna cuestión así, sino que son sujetos de derechos plenos que son parte de su territorio y que en todo caso reclaman un lugar en una Argentina en igualdad de condiciones y no en la situación que están ahora, que podríamos decir es una situación de subsidiarización. O sea, hay toda una serie de derechos que no los asisten, que son todos los derechos que tienen que ver con su pertenencia a un pueblo ancestral indígena.

Entonces, cuando una persona, un grupo que forma parte de una identidad cultural como es la mapuche, mapuche tehuelche, no tiene acceso al territorio, no puede tener territorio, está siendo vulnerado no solo en el sentido de que no tenga un lote para construir una casa al estilo del obrero blanco, sino que, al no tener acceso al territorio, no está teniendo acceso a la posibilidad de ejercer su identidad, que es parte de su derecho como miembro de un pueblo indígena».

Mariano Skliar: «Y fíjate que es bien interesante porque discursos como esa pavada que dijo Alberto Fernández, también lo vamos a encontrar en figuras de signos políticos muy distintos, como el propio Mauricio Macri, claro, alguna vez Cristina Kirchner dijo algo así como ‘somos todos hijos de inmigrantes’, o algo así. Y eso tiene que ver con lo que hablamos al principio de la conversación, la fuerza de esa estructura, en algún punto racista. Aunque no necesariamente conscientemente y queriendo destruir a los otros, sino que se asienta en una narrativa que deja afuera de la Argentina, con lo que tiene que ver con el peso que tiene simbólicamente dejar afuera a alguien de la identidad nacional, no niega esa narrativa, niega al afirmar que solamente venimos de los barcos o que solamente somos hijos de inmigrantes europeos, niega a dos de los componentes demográficos centrales de nuestro país, que son, por supuesto, los pueblos indígenas preexistentes al Estado argentino, con una profundidad de miles y miles de años, como decís vos, y a todo el contingente afrodescendiente que fue arrancado de su también su tierra de origen, sus ancestros, traídos como esclavos.

Y también habría que pluralizar o complejizar un poco la idea de los argentinos vinieron de los barcos, porque también está muy esencializada o romantizada la idea del inmigrante que vino a hacer la Argentina y a trabajar la tierra, todas esas narrativas, la verdad que hubo gente que vino escapando del hambre, escapando de las persecuciones religiosas; y también vino gente a financiar directamente, que también venían en otros barcos del mismo territorio europeo, que venían, qué sé yo, por ejemplo, los ingleses que financiaron la campaña del desierto para poner todos los trenes y poder criar ovejas para la industria textil en la Revolución Industrial, en la segunda Revolución Industrial, digamos, todo eso también son europeos, pero no son los mismos europeos que mis abuelos que vinieron muertos de hambre en un barco. Hay que complejizar un poco la idea. El tema es, como vos decís, que la narrativa de una Argentina mestiza, una Argentina plurinacional, nunca termina de prender en nuestro país, siempre se ve como una amenaza a la unidad, como que va a fragmentar la soberanía nacional. Y lo cierto es que todo lo contrario, pluralizar fortalece, reconocer la existencia del otro fortalece.

Entonces, si nosotros podemos ver, y con esto no quiero extenderme mucho en lo jurídico, pero si nosotros podemos entender perfectamente que existe, por ejemplo, un municipio que tiene una soberanía propia, que no es que se puede hacer lo que quiera, pero puede dictar sus ordenanzas, manejar una serie de presupuestos, etcétera, la provincia otro, la nación otro, o sea, existen grados de autonomía política de distintos cortes en función de que la Argentina no tiene una sola política centralizada. Y también entendemos que existen, por ejemplo, derechos propios para las mujeres, derechos para los niños, derechos propios para las personas con discapacidad. O sea, si yo no soy una persona con discapacidad, no voy a reclamar que me asiste el derecho de la convención para las personas con discapacidad, porque se entiende que, al haber una desigualdad, falta una ley que proteja especialmente a un grupo. Todo eso lo entendimos perfecto de la lógica republicana y burguesa. Pero cuando se empieza a discutir que pueda existir grados de autonomía y de, por ejemplo, de los pueblos originarios, que no es que se separen o quedarme en un país aparte, sino que estén contemplados en su propia identidad y en sus derechos como pueblos indígenas, ahí empiezan todos a trinar y horrorizarse, porque finalmente las cosmovisiones y la forma de vidas originarias entra en tensión con la piedra de toque de todo esto, que es bueno, si vamos a vivir en un sistema que va a tener el dinero como Dios y como centro total, vamos a vivir en un sistema social y comunitario que tengan el centro del asunto a la vida, a la vida humana, y a la vida de las otras, este formas vitales. Y ahí, digamos, entre el paradigma del buen vivir de los pueblos originarios y el paradigma del dios dinero del capitalismo central, son paradigmas irreconciliables, y vamos a tener que ir eligiendo».

Mariano Skliar: «Estamos ante una situación de mucho riesgo, creo que hay un riesgo real y evidente porque un gobierno de estas nuevas formas de la derecha, que no son tan nuevas porque si vos te fijas, vuelven a discursos de hace 80, 100 años o más, el discruso antisubversivo, o el discurso familiarista en el sentido de que los niños son propiedad de su familia, todas estas cuestiones que ya fueron discutidas y parecían más o menos saldadas, estos discursos vienen a perforar todos los pisos de Derechos Humanos, los pisos de diversidades culturales, sexo genéricas. No por nada se discute la ESI, la ley de interrupción voluntaria del embarazo, el derecho a la protesta, etcétera, etcétera.

Entonces, hay un riesgo real, hay un riesgo efectivamente, que es que prácticas que ya se vienen llevando adelante, lamentablemente, desde distintos sectores del Estado porque hemos tenido y todavía tenemos presas políticas mapuches, por el hecho de ser mapuches y no por otra cosa, tenemos personas que, tenemos un colectivo trans travesti que tiene una esperanza de vida que es la mitad de una persona heterosexual aunque sea de su misma clase social. Estamos hablando de que ya existen una serie de prácticas discriminatorias violentas por razones étnicas, de género, raciales, etcétera, pero que eso se convierta en política de Estado es un riesgo tremendo, porque es abrir unas cajas de Pandora de la cual van a salir los fantasmas del pasado que habitan lo que lo que de repente dijo, fue una figura me pareció atinad: “los sótanos de la Democracia”, creo que la dijo Alberto Fernández. Al abrir esas cajas de Pandora esos fantasmas que habitan esos sótanos de la Democracia, los amigos de Victoria Villarruel, los economistas que hicieron los ajustes más brutales sobre jubilados, clase trabajadora, vuelven a aparecer como posibles ministros o figuras políticas de relevancia.

Yo lo que quiero ver es que, lo que quiero marcar desde mi profesión, mi oficio como antropólogo es: “Ojo porque lo que ellos están planteando es riesgo real de algo que ya viene pasando, hay franjas del estado que lo viene haciendo, lo que están haciendo es institucionalizarlo

 “Lo que están proponiendo es institucionalizarlo como política y potenciarlo. La pregunta que debemos hacernos es cómo podemos frenarlo. Los movimientos sociales, los movimientos populares y el movimiento de Derechos Humanos, por ejemplo, han sido como pañuelos blancos que simbolizaron el freno a la dictadura, y los pañuelos verdes que simbolizaron ‘Ni una menos’.

Ahora, debemos preguntarnos qué ‘pañuelos’ necesitamos tejer y unir para detener esto que se avecina. No es una ruptura total con el presente, y eso es lo que quiero plantear. Lo que estas personas están expresando ya existía en parte del sentido común de la población. Además, estas prácticas ya estaban siendo llevadas a cabo por sectores del estado y del mercado, como cuando la policía o la gendarmería detiene y somete a un joven por ser morocho y lo mata. Ahí también hay un proyecto de país y una visión societaria. Es un proyecto abominable que rememora oscuros momentos del pasado.

La pregunta clave es cómo avanzar, cómo unir estos ‘pañuelos’ que representan tanto viejas como nuevas luchas. También debemos entender que estas personas están expresando estas ideas porque ya se estaban llevando a cabo en la práctica. Debemos trabajar en nuestras instituciones, en los medios de comunicación, en las escuelas, en las familias, para abrir diálogos y construir puentes.

Hay tres aspectos que considero cruciales: primero, la dimensión pedagógica de la política. Cada movimiento político debe tener un enfoque pedagógico, ya que es esencial enseñar, aprender y construir conciencia. No se trata solo de pragmatismo.

En segundo lugar, el Estado, después de ser elegido por voto popular, debe mantener una relación fluida con los movimientos populares y sociales, pero sin absorberlos ni incorporarlos a sus estructuras. Es importante que el estado permita que estos movimientos desborden sus límites.

Finalmente, debemos abrir diálogos más inclusivos y menos sectarios entre distintos grupos, como las infancias, los pueblos originarios, los afrodescendientes, las mujeres y las diversas identidades. Debemos trabajar en un psicoanálisis social para canalizar y expresar el dolor, el odio y la frustración que están siendo explotados por líderes políticos mesiánicos. Esto debe hacerse a través del arte, la literatura, la comunicación y otras formas de expresión cultural».

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