En las noches que deberían ser atardeceres, Olha, con los hombros exánimes y semblante pálido, tras dar clases de español online, se pone a ver las noticias en su celular. También lo hace al amanecer, aunque su inicio es doloroso: tres o cuatro de la madrugada, cuando biológicamente su cuerpo llega al mínimo nivel de actividad para dormir. A esa hora debe levantarse para preparar la primera clase, a las cinco.
Mira las redes sociales, las noticias. Y luego empieza la jornada. Una rutina que, al día 16 de agosto de 2026, lleva meses desgastandola.
La cama doble da a una ventana, un ventanuco desvencijado. Las paredes se enfrían rápidamente. Ella, para combatir el gris de todo, le colgó unas lucecitas, de esas que se usan para las fiestas de fin de año, y dibujó en las paredes gatos y ballenas.
Cuando me voy a acostar y le pregunto qué ha ocurrido en Dnipro o en cualquier parte de Ucrania, empieza a relatarme, a detallar cuántos civiles murieron durante un bombardeo. Afuera se escuchan algunos sonidos de autos que pasan, de esos que van del centro a la costanera, con sus escapes recortados.
Hay una distancia de continentes entre Caleta Olivia y Ucrania. Si ella quisiera volver ahora, tomaría al mediodía el colectivo La Unión o Sportmann hasta Comodoro Rivadavia. Tardaría una hora. Desde la terminal tomaría otro colectivo, un Uber o un taxi hasta el aeropuerto Mosconi. Allí esperaría unas horas, previo check in. Después tomaría Aerolíneas Argentinas hasta Buenos Aires; en Buenos Aires haría el trasbordo a otra empresa, que la llevaría a una ciudad africana, Addis Abeba. Allí esperaría cinco o seis horas el avión que partiría hacia Varsovia. Desde Varsovia seguiría por tierra hasta la frontera con Ucrania; quizás en Lviv tomaría un tren hasta Dnipro, en la estación de su barrio Adviidka se bajaría. Desde allí solo tendría que caminar unos quince minutos hasta la calle Spokoyna (que se traduce como “calle tranquila”), su casa y, por fin, reencontrarse con Django, su perro, con sus cinco gatos, con Antón y con Masha. Este recorrido lo hizo decenas o cientos de veces en su cabeza, creo que Annya también.
Cuando hablamos de aquel primer día, cuando había una fila de tanques rusos dispuesta a tomar Kyiv, pensé que iba a ser breve. Al final no tomaron Kyiv. En cambio, la terrible cosa se volvió algo lenta, pesada: muertes diarias, desaparecidos en combate, un desangramiento atroz, que, sin embargo, terminó siendo vivible, soportable incluso, al menos para los quienes quedan vivos y sanos.
No me había dado cuenta de que los ruidos, el poco silencio, también les tocaba la fragilidad mental. El ruido es enorme para ellas.
Por eso me quedo callado. La veo mirando el celular, scrolleando, recibiendo aquellas imágenes. Siempre dice: “¿Y si cae una bomba en mi casa? ¿Y si mata a mi hija? Yo no sé qué haría después de eso”.
Mientras ella scrollea, yo voy hasta la computadora para ver qué se dice, qué hay. No puedo entender mucho por qué sigue desangrando esa región. Quizás me quiero hacer el desentendido. Olha dice que es simplemente que los hombres son idiotas. Yo miro la pantalla con ese aspecto de niño trágico que a veces tomo, el ceño arrugado y compungido a lo Ernesto Sábato.
Olha scrollea y vuelvo a mirar sus manos. Pienso que son las mismas de su madre, de su abuela, de su tía abuela, las que padecieron el Holodomor.
Para Olha, toda Ucrania es su casa. No sé si qué dimensión tiene esa casa, si termina en las fronteras del país o las desborda. Para mí, Ucrania era amarilla como los trigales. No la pensaba como una nacionalidad. La nacionalidad era para mí una suerte de paneslavismo, un corredor sentimental entre rusos y checos, búlgaros y bielorrusos, polacos y eslovacos, ucranianos y serbios, y croatas, rumanos, moldavos, y más todavía.
Argentina, para ella, era un país lejano. Qué sabía de Argentina.
Olha y Annya vinieron pensando en otra vida… ¿Con nuevos amigos y más risas? El imán que mueve a los seres no las trajo a Buenos Aires sino a Caleta Olivia. Olha empezó a repetir. “estoy cansada, Marcelo, no doy más…” con el correr de los días, de los meses y de los años. Annya, quizás con otra oración, dicha por lo bajo, semi encerrada en su habitación.
