
Dos mujeres trajeron sus células de Dnipro a Caleta Olivia y las sembraron con sus tristezas tiernas, y así aumentó la presencia de las malvas salvajes que, de por sí, años antes ya crecían en el jardín de la casa que alquilo, a doscientos metros de la costa.
Quisiera que sea así la historia de Olha y Annya: soleada, tierna, naïf, llena de coincidencias mágicas como las malvas, que además, son las flores más populares de Ucrania. Ruego aún que sea así lo que depare la historia para ellas. Lo necesitan.
Pero, a lo largo de los meses, Olha se pregunta: “Qué esperar de mi historia”.
En toda una jornada de noviembre de 2024, esperé en el aeropuerto de Ezeiza a Olha, una mujer valiente, y a Annya su hija también valiente.
Había hablado con Olha durante dos años en videollamadas, pero las pantallas limitaban nuestro conocimiento mutuo. Su voz me sonaba de contralto, grave para su físico menudo. «Te sorprenderás», me había dicho, «soy delgada y bajita».
Buenos Aires estaba tomada por hinchas brasileños con camisetas a rayas que celebraban anticipadamente la final de una Copa Libertadores. Algunos contingentes estaban en el aeropuerto mientras yo revisaba una y otra vez la pantalla de arribos. Air France: aterrizado.
Horas antes yo había viajado veinticuatro horas en autobús desde Caleta Olivia a Buenos Aires —después de que FlyBondi cancelara el vuelo—, Olha y Annya cruzaban en tren toda Ucrania desde el Este, cerca de la línea de combate, hacia el Oeste, hacia la bella Lviv. De allí tomaron un bus a Varsovia, pernoctaron muchas horas hasta conseguir el primer avión a París. Y de París a Buenos Aires.
Llegó el avión de Air France a Ezeiza. Los pasajeros salían, algunos felices reencontrándose con familiares.
Annya sostenía a su madre con firmeza, guiándola entre el murmullo del aeropuerto argentino hacia el corralito donde otros esperaban el control final. Annya estaba atenta a las señales; Olha avanzaba a pesar de todos sus miedos.
Estaba naciendo. Así la vi. Como alguien que nace: shockeada, maravillada. En su semblante traslucían preguntas inevitables basadas en las experiencias de otros ucranianos: ¿la retendrán?, ¿dónde pasarán las noches?
Olha se recordó a sí misma esa tarde, tal como yo la vi: con la palidez extraordinaria de la piel; en los irisados tonos verdes y grises de sus ojos había una súplica silenciosa, algo más profundo que una mera contención.
Olha y Annya llegaron a este fin del mundo escapando de tierras fértiles y bombardeadas. Ambas traían talentos ocultos por las cosas del mundo, empujaban el aire para llegar a otro lugar y comprobar si algo podía hacerse, transformarse.
A Annya aún se la ve en videos espectaculares de gimnasia rítmica; a Olha, en las grabaciones de sus clases de piano en la escuela de Dnipro —esos registros que guardan en sus celulares como pequeñas reliquias.
Olha mira la foto de una de sus gatas perdidas —Musya o Vasya—: una atigrada con aureolas de sol.
—Así era el mundo antes de todo. Antes de la pandemia —dice—. Encontramos a las dos gatas con Annya cuando la acompañaba a sus clases de gimnasia; estaban dentro de una caja de cartón, abandonadas, cerca del metro de mi ciudad.
Me comprometí a ayudarlas, a acompañarlas, a resguardarlas. Pero ¿quién me resguarda a mí? digo, bromeando mientras miro al cielo, mientras miro policías enfundandose sus cascos, a pocos metros de la plaza del Congreso, justo debajo de la ventana del hotelito en el que pernoctábamos.
Sin ánimo dramático, en mí revivió esa sensibilidad hacia la precariedad, ese miedo a quedar aún más afuera —como en la década del ’90 en el norte de la provincia de Santa Cruz o durante la crisis de 2001. Leía como una pesadilla ese temor a ser “ni”: ni siquiera alguien explotable; nadie —una casta. Caerse tan lejos del mapa socioeconómico.
Cuando recorro con la mirada una parte de mi biblioteca me aparto con cierto miedo al toparme con el libro blanco de Vivianne Forrester, con sus letras verdes: “El horror económico”. Otra vez ese horror.
Durante tres días caminamos por Buenos Aires como turistas forzados. Estaba probando en carne propia una historia de inmigración europea, pero más veloz. Todo esos días recordé una miniserie que, de niño, me había impactado: “Los Gringos”, de 1984, dirigida por David Stivel y escrita por Juan Carlos Gené. El personaje que hacía Osvaldo Terranova, un argentino anfitrión de un conventillo, cerraba un capítulo dándole la mano a una familia de Europa del Este que no hablaba ni una palabra de español: “¡Pax! ¡Pax!”, decía el gran Osvaldo.
Olha, en su andar enérgico, se detenía frente a las estatuas, los jacarandás en flor que teñían de azul las avenidas, ante los palos borrachos cerca del Obelisco, las librerías de Corrientes. Miraba a los hombres “arbolitos” con su gesto torvo, a la pareja de tango bailando en el puente de Puerto Madero, las afueras iluminadas del Teatro Colón. Annya pidió conocer el Parque Japonés, y allí se maravilló en una tarde floreada.
Pero también acuciaban de a poco las protestas frente a la Plaza del Congreso, que le devolvían a Olga la memoria del Maidán.
—¿Qué pasa aquí? —preguntaba, señalando las pancartas—.
No había guerra, le respondía. Pero explicar quién era Javier Milei, qué es lo que se le oponía: el peronismo, qué pasaba en este país sudamericano, se volvía un laberinto imposible en pocas palabras.
-¡Política, política! Por eso estamos así, allá. Por qué te tiene que interesar eso.
En Corrientes, sobre una vereda ancha, una mujer rubia y menuda, de unos treinta y cinco años, se peinaba con un cepillo su pelo ensortijado. A su lado, un hombre flaco y barbudo bostezaba mientras leía un volante. Habían improvisado un refugio con colchones, trastos y cartones. Plena tarde porteña.
—Humanos como gatos en una caja abandonada —le murmuré a Olha.
Annya venía agotada. Apenas llegamos al hotel, se lanzó a dormir: debía levantarse a las tres de la madrugada para una clase en inglés. Estudia a distancia el profesorado y, con la diferencia horaria, sus días empiezan en esas horas imposibles.
A quienes le preguntan por qué está aquí, si “viene buscando futuro en Argentina”, Olha repite: “sí, sí, sí”. Afirmándose y queriendo reafirmarse, aunque tanto ella como su interlocutor saben que la frase se sostiene en el aire: indefinida, difícil.
Una mujer de Europa del Este instalada en Mendoza le había escrito por WhatsApp: «Argentina es un país carísimo, pero con el modo de vida de Vietnam». Nunca imaginé que podríamos compararnos con Vietnam, le digo a Olha, pero que sí vamos por este camino quizás seamos Perú o Chile, por la desigualdad.
En Caleta Olivia conozco varios migrantes que, según distintas situaciones, se las arreglan mejor o peor. Venezolanos ya integrados, bolivianos que han creado una red de verdulerías —aunque manteniendo la autonomía comercial de cada familia, quizás colaborando solo en las compras mayoristas. Dominicanos que, acostumbrados a la economía informal del Caribe, se adaptan con más facilidad al cuentapropismo local.
Creo que lo más difícil para cualquier migrante es naturalizar las costumbres locales.
Con Julieta, la boliviana de la verdulería, solemos hablar de eso.
—Para mí, que cuando llegué me costó hasta hablar castellano, yo sé lo que se siente —me dice—. Tuve la suerte de encontrar mi primera patrona en Buenos Aires, que me ayudó mucho.
En junio de 2025, me mostró desde su celular algo que la había horrorizado: el ataque a un boliviano en una ciudad bonaerense. Puro racismo.
En el caso de Olha y Annya, donde más les cuesta la adaptación es en Caleta Olivia, más que en Buenos Aires. No pueden comprender cómo una ciudad se queda sin agua o sin electricidad sin que haya guerra de por medio.
Pero lo más duro es la desterritorialización espiritual. Lo viven todos los que emigran: la pérdida simbólica de una mitad de algo (cultura, costumbres, estar) que puede ser para siempre.
Olha me cuenta de una ucraniana que vive en España y va y vuelve constantemente. Cuando regresa a Ucrania siente que recupera algo, pero ya no puede recuperar del todo esa firmeza de estar en el hogar, que dejó de ser, parcialmente, el hogar. Y cuando vuelve a España, le pasa lo mismo.
—Es la sensación de no estar ni en un lugar ni en el otro —dice Olha—.
En Caleta Olivia, durante los fríos días de mayo, se dio una situación particular: de lunes a viernes parecían domingos. Caminábamos alucinados por las calles vacías. Los comercios estaban abiertos, pero con poca gente dando vueltas.
—Es por el estacionamiento medido —nos explicó Julieta, la verdulera boliviana—. Pero igual bajaron las ventas. En comestibles uno siempre viene, es obligatorio. El problema son los comercios que no venden primera necesidad.
Los domingos de mayo, Olha y Annya fueron quizás las únicas mujeres de toda Caleta Olivia que salían a la costanera, abrigadas, enfundadas en lana, a tomar mate mirando el sol despegarse del mar en tonos que iban del rosado al ocre amarillento.
—Allá nos levantábamos muy temprano para trabajar —me cuenta Olha una tarde—. Tren, bus, tranvía, trolebús, metro, y otra vez. Nuestra casa estaba a casi veinte kilómetros del centro de Dnipro.
Pasar junio en Caleta Olivia se volvió difícil. Los trámites de Migraciones se hacían eternos. Pedir papeles a Ucrania, traducirlos allá, traducirlos acá. Asistentes sociales visitando el hogar de aquí.
Por WhatsApp se comunicaban con otras mujeres ucranianas que vivían en Sudamérica, especialmente en Argentina, pero pronto descubrieron algo insólito: eran las únicas ucranianas tan al sur del país. No había nadie más al sur. La mayoría se había instalado en Buenos Aires, Mar del Plata, tal vez en Rosario o Córdoba.
Estaban solas en el fin del mundo. Ni en Comodoro Rivadavia, la ciudad más grande de esta zona sur patagónica había “nuevos” ucranianos.
Olha había llegado con un trabajo virtual que le consumía las horas. Se levantaba a las cuatro de la mañana para dar clases de español a ucranianos dispersos por el mundo: Canadá, Estados Unidos, España sobre todo, pero también algunos que vivían en Argentina. Cada clase era importante para ella: hacía énfasis en el método para que aprendieran, o cuando se lo pedían, simplemente servía de contención emocional para alguna alumna que necesitaba hablar. Cada vez tenía más estudiantes, pero se agotaba.
—A veces no puedo evitar la tristeza —me dice una tarde en que caminamos por la costanera.
Annya va callada a nuestro lado. Hay neblina, y a Olha le duele el cuerpo sin razón aparente, aunque ambos sospechamos que es por la distimia.
—Tenés que salir adelante —le digo.
—¿Para qué? —me responde—.
La rutina las afecta. La espera.
—¿Qué esperar? —me repite—. ¿Qué esperar de todo esto?
Annya le cuenta algo revelador una tarde a Olha, en una de las infinitas tardes tomando mate cerca del muelle:
—Mi vida cambió desde la pandemia y jamás volvió a ser normal. Antes tenía amigas, vida social, iba a campeonatos de gimnasia artística.
Me muestra videos en su celular: ella misma saltando y girando con una gracia extraordinaria, en competencias que aún se pueden ver en YouTube.
—Luego vino la pandemia. Toda la familia encerrada por meses, como en todo el mundo. Y después, la invasión rusa.
En julio comenzaron clases de taichí. Eso las calmó un poco.
El 9 de septiembre fue una ordalía. Olha despertó mal. Ochocientos drones habían descargado explosivos en toda Ucrania. Su exmarido, con quien mantiene contacto, le contó todo por teléfono: los temblores, el terror. Su hija mayor también la llamó desde Dnipro.
Olha y Annya se han vuelto cada vez más vulnerables a los ruidos. Sus pesadillas ya no son otra cosa que estampidos y explosiones. En la calle contigua circulan autos con los caños de escape recortados, sobre todo los viernes y sábados por la noche, con parlantes que escupen bajos ensordecedores capaces de sacudir toda la vecindad.
—El misil que cayó más cerca, ¿a qué distancia fue? —le pregunto.
—Como su hubiera caído de acá hasta La Anónima —responde.
Es decir, unas seis cuadras.
Intento construir la imagen: el estruendo atronador, la columna de humo negro, la tierra estremeciéndose bajo el peso de un Iskander. La muerte en pedazos.
—Aunque el verdadero infierno es el Kinzhal —me aclara—. Ese sí parece anunciar el fin del mundo.
Pero lo que más la aterra no son los misiles, sino los drones Shahed. Su zumbido se asemeja al de una bordeadora en el cielo, a una motoneta rabiosa que corta el aire. En cualquier instante, el explosivo puede desprenderse y caer.
Los graneros sacrificados
Ellas llegaron a la Argentina actual, a esta Patagonia Sur en recesión. No vieron lo que era antes: una actividad económica intensa, un consumo que las hubiera asombrado. Porque a pesar de la crisis, aún se sorprenden de las cantidades de carne que consumimos, un bien carísimo en Ucrania.
Pero hay algo más profundo. La familia de Olha carga el trauma del Holodomor, que atravesó generaciones. Su abuela quedó postrada en los últimos años de su vida, sin poder caminar, debilitada por la desnutrición de su juventud, marcada por guerras mundiales y esa hambruna que Stalin impuso a su «granero». Comían restos. Cada miga sigue siendo un tesoro.
—Y tanto viento —dice Olha mirando las turbinas eólicas a lo lejos—. ¿Por qué no hay más aspas de energía entonces?
—Y tanto pescado en ese mar azul —agrega—, tanta merluza. ¿Por qué es tan caro el pescado en las pescaderías?
Le explico el sistema extractivista: todo pasa hacia los grandes centros de consumo o de exportación. Pero nunca termino de responder racionalmente, porque me doy cuenta de que nada de esto es racional. Nunca lo ha sido.
De Dnipro sabemos lo que Olha nos cuenta. Ella tiene en su celular una app que mide la contaminación del aire. Dnipro, 13 de septiembre: nivel crítico. Caleta Olivia: 0.
—Entonces estamos en la gloria —le digo.
—En aire sí —responde Olha.
Y con eso dice todo lo que vengo charlando con ella en estos meses: lo grisáceo, lo triste, lo lejano.
Lo que la mantiene a flote son las pocas personas con las que habla. Los comerciantes sobre todo, cuando la atienden y escuchan su acento de consonantes fuertes. Le preguntan de dónde es. Las chicas de la panadería de paredes rosadas, las cajeras del supermercado, siempre las mismas preguntas: «Ucrania… tan lejos. ¿Y qué hacen acá, en Caleta? ¿Justo en Caleta?».
Mientras camino con ellas, les explico que la ciudad está entrando en recesión por las políticas del gobierno nacional.
—Política, política, política —protesta Olha.
—Mirá —le señalo—, parece domingo. Había tres mil petroleros en la bonanza. Hoy quedan mil, con suerte. La empresa que movía todo desde la década del 40, YPF, se está yendo. Ya no le interesa sostener socialmente la región, ahora busca solo ganancias financieras.
Olha es profesora, y no entiende por qué los maestros aquí hacen tantos paros. Muchos paros, impensables para los docentes de Ucrania.
—Allá los docentes son más exigidos y tienen sueldos más bajos —me explica—. Mi madre era profesora de Matemáticas y apenas tenía para los gastos diarios. Nada de lujos, nada de viajes. Solo supervivencia. Mis colegas jubiladas tienen que seguir trabajando con talleres para sobrevivir. El Estado cubre muy poco.
Me cuenta que eso fue casi siempre así. Intuyo que empeoró con el sistema postsoviético, pero ella me aclara que en la época soviética tampoco los ucranianos comunes estuvieron mejor. La vivienda que les otorgaron era un departamento pequeño, de un solo dormitorio, porque eran solo dos: ella y su madre.
—Lo que veo diferente entre Dnipro y Santa Cruz —me dice— es que aquí hay un gremio que no se demora: hace paro.
También observa que en otras épocas de bonanza, los docentes argentinos tenían buen pasar: compraban casa, auto, vacaciones. En poco tiempo. Poder adquisitivo rápido.
—Ojalá hubiera sido así en Ucrania —suspira—. Allá ser maestro es ser pobre, clase media baja.
Le cuento sobre el sindicalismo argentino, sus logros históricos, aunque sin entrar en temas como la burocracia sindical. Pero no puedo explicarle algo que nunca se resolvió en Santa Cruz: cuando los derechos colisionan entre sí. Derecho a huelga versus derecho a educarse.
—¿Y los chicos? —pregunta Olha—. ¿Qué pasa con ellos?
Deudas pendientes, como tantas otras. Como que las merluzas sean caras en la costa de las merluzas, o que la energía sea cara en la estepa del gas, del petróleo y del viento eterno.
Me pregunto si lo que hace Milei no es un Holodomor autoimpuesto: un dolor sin sentido, solo para que unos pocos ganen. Y que ni así los convence: 0,5 por ciento de inversiones del RIGI.
A veces me gusta hablar con ella de sus ancestros. Es orgullosa de su nacionalidad. Rehúye hablar en ruso, aunque es el idioma que más se habla en Dnipro y en toda esa región de Ucrania. Annya, como todos los jóvenes, resiste el avance ruso desde la lengua. Poco ruso, la mayor parte en ucraniano.
—¿Y tú qué eres? —me pregunta Olha, una tarde.
—Ni español, ni indio. Si hubo un español, quizás fue el abuelo de mi tatarabuelo. Si hubo un indio o india diaguita o sanavirón, también. Soy un gaucho, hijo y tataranieto de gauchos de Traslasierra, entre Córdoba y San Luis, y de Catamarca. Más gaucho argentino, imposible.
—Un cosaco argentino —dice Olha sonriendo.
—Y vos una hija de cosacos ucranianos.
Un día encontramos un lobo marino muy cerca de la costanera. Pequeño, de menos de un año. Lautaro, un joven riojano que había llegado con un currículum bajo el brazo, se encargó de cuidarlo por horas para que los perros callejeros no se lo comieran.
Olha es muy sensible a los animales. Se quedó custodiándolo también: la trompa del lobito le recordaba a la de Django, su pug que no pudo traer porque esas razas no sobreviven bien los viajes largos en avión.
Hasta que llegó el equipo del canal de TV local. El cronista Leo Paredes se puso a hablar con ella, le interesó su historia.
Le quisieron hacer una entrevista, pero ambientada con un piano. Así que buscaron el piano de la Orquesta Típica Infanto-juvenil de Tango, que tenía una presentación esa noche, en el Centro Cultural “Manuel Camino”.
Sentaron a Olha frente al teclado. Y allí se reencontró con un piano después de un año entero. Fue como reencontrarse con parte de las mascotas que quedaron en Dnipro, con Django, con sus gatos Musya y los demás. Se reencontró con Ucrania. Había venido cansada de la docencia esforzada, pero nunca del piano. Lo tocó fluidamente, improvisó dos temas: uno con ritmo clásico y otro como si fuera un tango ucraniano, con consonantes duras en los semitonos.
Se aproxima noviembre de 2025 y nadie sabe qué va a pasar en Ucrania.
—Me sentiré muy culpable si algo sucede allá y yo estoy acá —dice Olha—. Ya ves que la OTAN no hace nada. Cayeron drones en Polonia, y nada…
Vivimos en un mundo de tragedias televisadas, de inacción y pasividad, como lo que sucede en Gaza: imágenes que se repiten hasta desgastarse, mientras la vida sigue en otra parte.
Si alguna vez se van —porque están decididas a irse, aunque sea para luego volver— recordarán siempre estos amaneceres, estos atardeceres sobre el mar. Pienso que verán a la ciudad con una nostalgia tenue, con una tristeza que no termina de doler, o con una alegría sutil, nunca fuerte. Tal vez sea la misma mirada con la que yo también, alguna vez, contemple este lugar: una ciudad que pudo ser, o que fue en otro tiempo, y que hoy apenas se sostiene como enclave.
Me repito: esperemos que no. Al menos sé ya qué esperar de esta ciudad. Y qué no.
